Montaña rusa.

Soy tan insoportable. Cuando converso por WhatsApp con alguien y no es fluida la conexión, ya deja de importar, me estresa, e incluso llego a tratar mal a esa persona por ese simple hecho. Soy un dolor de cabeza, soy paranoico, siempre estoy pescando a que cometan algún error y así poder rematar. Me enerva la gente cínica, que quiere demostrarte una parte suya que no existe, queriéndote tomar por pelotudo.

También soy un tipo genial, que cuando está de buenas hará lo imposible por sacarte una sonrisa, humorista cuán payaso de festival; sacando de la galera alguna magia que tocará tu corazón y te lo hará revolcar de latidos risueños. 

Aunque me siento un tremendo inútil; en 2018 no fui capaz de encontrar un trabajo digno, y no culpo al gobierno, ni a las empresas, es mi culpa por ser tan riguroso con el trabajo perfecto soñado, sabiendo que todos alguna vez trabajaron muy duro para ser quienes son. No todos tuvieron el trabajo perfecto al primer intento. Primero fui limpiador de una fábrica, duré menos de una semana por realizar una labor demasiado dura e intensa, además la carga horaria y la distancia me la ponían difícil, pero qué débil soy ahora que lo pienso. Luego fui a vender planes de Internet para una telefónica reconocida, ni dos semanas bastaron para sacar a luz mi mediocridad como vendedor. Aún así, fui a probar suerte en una odontoclínica, para promocionar seguros odontológicos, pues ya saben el resultado: me fue como el culo. Meses más tarde, fui repositor de supermercado. Era un trabajo muy cómodo al principio, luego se tornó todo lo contrario; un mísero sueldo cobré y volví a buscar oportunidades. Como soy terco, lo intenté de vuelta en la odontoclínica, mejoré un poquito, mas fue poner la otra mejilla para que la vida me dé un cachetazo y decirme de una buena vez que no sirvo para las ventas.

Mirá que me fue fantástico en la facultad este semestre. Nunca lo sentí como una responsabilidad o un peso, me divertía y gustaba asistir. Me gustaba estudiar, leer, informarme de lo que pasaba a diario en mi país y en el mundo, nunca pensé que terminaría amando hacer todo eso. Los profesores me tenían en cuenta, mis compañeros me pedían ayudas con algunas dudas, mejoré mi ortografía, caligrafía, dicción de voz y un poco el aspecto personal.

Ni tanto, me miro al espejo y me cuesta bastante elegir un conjunto para salir de compras o a recorrer la ciudad. Incluso podría decir que me doy asco, odio el gusto que tengo para vestirme, porque al final no me termina de cuajar. Lo intento, te juro que lo intento, pero no me sirve, no me convence.

Para jugar al fútbol sí, soy un genio, incluso horas antes del encuentro ya tengo en mente cómo iré vestido. O cuando voy a ir a la cancha a alentar a mi equipo, porque ropas referentes a él tengo en abundancia. También cuando hay un acontecimiento en el que se precisa vestimenta elegante, me sube un poco la autoestima.

Odio cuando me dicen las cosas estando de mal humor, pareciera que lo hacen adrede. Es ahí cuando me pongo nervioso, furioso. Pero no digo nada, siempre mantengo el hocico cerrado con tal de no llegar a tener problemas. El verdadero problema se presenta cuando exploto, y no hay remedio, de mi boca salen cascadas de suciedad verbal; y lastimo, yo sé que así herí a gente, soy despreciable.

Así como también te puedo hacer aprender miles de cosas. Me encanta hablar de algo que recién aprendí, a ver si me podés brindar más información también vos. Adoro hablar de temas profundos e interesantes, incluso hasta de cosas sin sentido o de poca relevancia, siempre y cuando me demuestres el interés de seguir con la conversación.

El día de ayer jugué piki voley, como casi todos los días a parte del fútbol. Balones débiles que vienen, parece que es la razón perfecta para cometer un error no forzado… ¿Uno? ¡Si los cometo a decenas! Jugué horrible, frente a mucha gente mirándome. Para más inri, mi padre estuvo halagando mi manera de jugar, siento que lo decepcioné.

Pero hoy jugamos fútbol y anoté muchos goles, es más, me tildaron como la figura del partido y recibí muchas flores por parte de los amigos de mi padre. Ganamos un partido gracias a un doblete mío, el segundo ya sobre la hora, recibiendo casi de espaldas al arco, pegándole de media vuelta fuerte hacia arriba, quemando las manos del arquero.

Esto es muy raro, pero es la tendencia de lo que vengo siendo. Me da miedo porque me desconozco, imploro que no me hables cuando estoy mal porque no quiero sacar a este demonio de mierda que me atormenta por dentro. En un instante puedo contarte un chiste, contarte alguna experiencia, hablarte sobre un libro recién leído, comentarte acerca de un partido de fútbol emocionante; así como puedo decirte que no quiero que me hables hasta dentro de unas horas. Lo peor es que mi mal humor en la mayoría de las veces es sin motivo alguno, o por cosas re contra insignificantes. 

Estoy feliz, estoy furioso; soy un inútil y un capo; estoy contento por estar con mi familia, pero a veces me recuerdan el motivo por el que salí de la casa; sé que soy infumable, así también el mejor amigo que puedas tener.

No sé realmente si el problema está en mi pecho o en mi techo.

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