Es mi turno.

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Hola, muy buenas. Estoy esperando a que te sientes o te acuestes ahí en donde estés presente. Tengo una historia que contarte.

Conocí a un chico, el cual me llamó bastante la atención su manera de vestir; andaba con una capucha oscura, un azul marino contundente que se convertía en negro por las gotas de lluvia que caían. Estaba cabizbajo, un poco jorobado, casi sin levantar la mirada. El clima casi glacial iba predominando a esas horas de la tardenoche, mientras yo temblaba, él simplemente andaba.

—¡Ey, ey! —le grité—. Quiero hablar contigo, che.

—¿Qué querés?— respondió con un tono recio.

—Quiero preguntarte algo. Soy estudiante de periodismo y me gustaría que me ayudes con un trabajo—.

—Yo te conozco a vos —dijo, y se me erizó la piel—. Siempre andás sonriendo, repartiendo carcajadas por millares, tirando buena onda a quien se te cruce, predicando felicidad a todos los que te rodean. En tu trabajo, en la universidad, en la ronda de amigos, en tu hogar. Sos aquel que siempre llama la atención por los hoyuelos en las mejillas, que se marcan frecuentemente gracias a la risita que es común en tu retrato—.

En ese momento, no hubo expresión alguna en mi rostro, simplemente me quedé mirándolo con impacto. Lo único que pude hacer fue proseguir:

—Discúlpeme, señor… yo a usted no lo conozco. No sé cómo sabe esas cosas de mí, y tampoco me interesa saberlo. Le pido el favor de ayudarme con esta pequeña encuesta—.

Él simplemente pegó la vuelta y, aunque creí que se marchaba sin conseguir mi cometido, manifestó estando de espaldas:

—Sos un mongólico, te odio por creerte mejor que yo—.

—Señor, no volveré a tolerar un insulto de esa magnitud —me planté contra él—, si no quiere colaborar sólo dígame.

No dejó exhibir su rostro en ningún instante, así que me quedé con las ganas de saber quién era y por qué sabía tanto de mí. Aunque a él le dije lo contrario. No niego que el miedo se apoderó de mi persona, esos segundos de silencio incómodo fueron horas torrenteras.

Hasta ahora sigo pensando: ¿Por qué me dijo que me odia por creerme mejor que él? No quise hacerle más preguntas, ya me dio recelo seguir con la conversación. Aunque lo seguí observando por más tiempo, no paró de caminar por más que yo lo seguí a pasos tenues.

La lluvia me mojaba la camisa celeste que llevaba puesta, también humedecía todos mis materiales de apoyo para con el trabajo que estaba realizando por temas universitarios. Me refugié bajo un techo de chapa, temblaba de frío, saqué mi plumilla y me puse a hacer algunos apuntes, hasta que de repente:

—Te odio porque últimamente tenés más protagonismo que yo —escucho de una voz a unos dos metros de distancia—, a pesar que entre ayer y hoy no te apareciste, estuve bajo tu sombra por todo este tiempo— mientras se acercaba lentamente.

Me levanté del suelo y dejé tirados mis papeles y demás chiches, me alarmaba el tono con que se expresaba ante mí, y aunque no veía su rostro, podía sentir que sus ojos me miraban con desprecio.

—Yo no te hice nada malo— contesté con una voz temblorosa.

—A mí no, pero a mucha gente sí—, dijo el hombre con la capucha oscura, mientras quedó recostado por un poste de hierro. Tenía la misma estatura que yo, la voz muy pero muy gruesa, aunque bastante similar a una que ya escuché alguna vez, no sé en qué lugar ni en qué ocasión, simplemente la recordaba por pormenores.

—¿A quién por ejemplo?— respondí con mayor confianza.

—Yo siempre estuve presente. Yo fui el que amó a Lucía con todas las fuerzas, yo fui el que valoró todo el tiempo con tus padres. Cuando aparecías vos, era simplemente para echarlo todo a la basura, por eso te odio. Porque andabas siempre sonriente a todo el mundo mientras a vos te tomaban por pelotudo ¿Y dónde sabés si ahora mismo te están haciendo igual?—.

Quedé confundido por varios segundos, sin entender qué estaba pasando.

—¿A qué te referís?— repliqué.

—Ahora sé lo que va a pasar, te vas a desvanecer y apareceré yo nuevamente para reinar en tu cuerpo, porque soy yo el verdadero dueño de tu alma. No te conviene reaparecer, muchacho; es mejor que yo tome el control. Soy más inteligente, más astuto y más vivo de cabeza, aunque en alma muerta. Yo siento de verdad, yo amo a Lucía y amo a mis padres. Esta semana domino yo—.

 

Un breve adelanto de la mini-novela que estoy escribiendo 🙂
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